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Raúl Butrón
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Cuando yo muera

Cuando muera, me habré ido de este mundo y poco importará lo que pase con lo que deje… las cosas… los objetos que fueron míos… incluso mi cuerpo, al que habré dejado como cosa sobrante e inservible. …More
Cuando muera, me habré ido de este mundo y poco importará lo que pase con lo que deje… las cosas… los objetos que fueron míos… incluso mi cuerpo, al que habré dejado como cosa sobrante e inservible.
Quizás, alguna ropa les sirvan a otros o también algunos objetos.
Tal vez algunas fotos conmemoren cómo era y sirva para que una o dos generaciones de mi familia me recuerden… pero no mucho más allá en el tiempo.
Lo frágil y efímero de la vida del hombre queda reflejado entonces en esas circunstancias, lo que da la sensación de que con la muerte todo acaba… todo queda en la nada…
Y se ha generalizado últimamente la idea de la cremación de los cuerpos y el esparcimiento de las cenizas en lugares como el jardín de la casa, una cancha de fútbol, el mar, la montaña, el río, etc. con lo que daría lo mismo si se echan al inodoro de la casa o en el drenaje de la pileta de la cocina… total… ya está muerto… ya no está… ya no siente nada… aunque quizás, por cierto reverencial homenaje a la memoria de muerto, se prefieran lugares más románticos y menos escatológicos que un inodoro.
Pero si pensamos un poco más, ese homenaje a la memoria del finado, puede apuntar un poco más alto, si es que se trataba de un bautizado en la Iglesia de Cristo… es decir: en la Iglesia Católica Apostólica Romana.
Ahora; si la persona fue ateo, de otra religión, apóstata del catolicismo… es decir: si renegó de la fe de sus padres y se hizo de otra religión, fue agnóstico, budista o musulmán y no había comunión con la Iglesia Católica Apostólica Romana, poco importaría sobre cómo se dispondría de sus restos mortales desde el punto de vista católico, ya que cada una de estas religiones, confesiones o espiritualismos, tienen su propia forma de disponer de los cadáveres de sus muertos, con sus propios ritos y modos.
Me causa mucha gracia cuando oigo hablar a veces de alguien, de quien se dice: es muy católico… es muy católica… porque realmente no sé cómo debiera hacerse para ser muy católico. Creo que se es o no se es católico y punto. Pero siguiendo este patrón de medición del catolicismo de las personas, supongamos que el difunto no hubiera sido de los muy católicos… y fue un tipo poco católico durante toda su vida, hasta que se murió.
Aun habiendo sido «poco católico», por el bautismo estaba ligado a la Iglesia Católica Apostólica Romana. Estaba «religado» a ella… pertenecía a su religión.
Por lo tanto, sus restos son de una persona Católica Apostólica Romana.
¿Qué quiere decir esto?
Que no solamente su cuerpo fue templo del Espíritu Santo, por lo tanto merece el homenaje de unas exequias apropiadas, sino que su cuerpo merece ser tratado como corresponde, independientemente de si es sepultado, momificado, echado al mar, o cremado.
¿Por qué esto debe ser así?
Porque no sólo se trata de haber sido en vida «templo del Espíritu Santo, como es la respuesta de manual, sino que; como bautizado, forma parte de la Iglesia Católica Apostólica Romana que es; además de la esposa de Cristo, su cuerpo místico.
Como esposa de Cristo, la Iglesia se hace una con Jesucristo Nuestro Señor. Una sola carne y uno solo espíritu a través del sacramento de la comunión. Como ocurre con el matrimonio cristiano que celebramos los católicos. Y de ahí entonces que somos el «cuerpo místico de Cristo»
Entonces: ¿Cómo enterraríamos a Jesucristo? ¿Qué fin daríamos a sus restos mortales? ¿Qué exequias se nos ocurriría como homenaje póstumo para el cuerpo del Rey de los reyes?…
Pero hay más todavía…
Tenemos fe en lo que nos ha sido prometido por Nuestro Señor Jesucristo, quien en vida resucitó a muchos, como a su querido amigo Lázaro, a quien sacó de su tumba después de varios días de muerto, por lo tanto, la fe en esto; aunque es particular de cada uno y muy personal y se puede creer a medias o tener dudas, como sería lógico si faltara ilustración en materia de fe… o vivencias, como las del apóstol Tomás, quien dijo: si no lo veo no lo creo… como relata el santo Evangelio…

Juan 20, 27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»

28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»

29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»

Pero siguiendo ese simpático patrón de medidas, al que podríamos llamar «El Catolicómetro» y suponiendo que fuéramos «muy católicos» y fuéramos los felices poseedores de una fe inoxidable, no sería ningún obstáculo para el señor resucitarnos donde sea que hayamos terminado y haya ocurrido lo que haya ocurrido con nuestros restos… así hubieran sido dinamitados y esparcidos por el aire, llegado el momento; Nuestro Señor Jesucristo nos resucitará. Nos suscitará nuevamente a la vida con las consecuencias de lo que recibiremos por mérito propio… es decir: «lo que hayamos merecido según la vida natural que hayamos tenido». Si buena vida, quizás una vida súper natural… sobrenatural… por encima de lo natural…
Si nuestras obras y decisiones no fueron las mejores en nuestra vida natural, quizás no tengamos esa vida «súper»… y tengamos que resignarnos con una vida inferior… ínfima… en lo ínfimo… en el infierno… donde nos lamentaremos eternamente de no haber aprovechado mejor el tiempo natural que se nos dio.
Pero todo eso será materia para otro momento. El hecho es ahora: ¿Qué hacemos con el muerto?
¿Lo enterramos, como era costumbre antes y le damos una tumba, una bóveda, un nicho en el cementerio?… puede ser…
¿O lo quemamos y nos llevamos las cenizas para ver qué hacemos luego?…
También puede ser…
¿Lo tiramos en paracaídas y que él mismo decida donde caer?…
Podría ser también… pero como final para una vida cristiana, quizás no sea demasiado adecuada esa decisión.
Los deudos, que somos quienes quedamos para levantar el muerto del sepelio, la cremación, la compra del cajón, las flores y el café que toman los que vinieron al velorio, somos quienes decidiremos eso.
Seguramente un lugar para la remembranza será lo mejor. Para recordar a aquél ser querido que ya no está con nosotros compartiendo nuestra existencia.
O tal vez sea aquél ser despreciable que nos hizo la vida imposible mientras vivió… y en ese caso será mejor saber dónde quedó y que está bien guardado y que por ahora no va a volver… y cada tanto ir y decirle todo lo que nos quedó atragantado y no tuvimos ocasión de decírselo porque se murió antes…
Como sea… por homenaje, por «elaborar el duelo», como dicen…, por reproches o incluso hasta por el enfermizo gozo de una venganza, el cuerpo del muerto fue un miembro vivo del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
Fue uno más en la Iglesia de Cristo, esposa y madre que lo dio a luz en el bautismo. Fue en vida un hijo de Dios. Merece el honor y el recuerdo efímero que le podemos dar en esta vida.
Sea que se lo entierre en un cementerio… campo santo, como se le dice, o si sus restos son reducidos a cenizas y puestos en una urna, hay también lugares santos donde se pueden llevar esas cenizas y los difuntos descansarán en paz… y nosotros también.
Esos lugares se están construyendo en muchas iglesias y se les ha dado el nombre de cinerarios. Aunque debieran llamarse ceniceros, pero las connotaciones que tiene la palabra la hacen poco feliz… sobre todo si el difunto solía ser un gran fumador.