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De los buenos libros y la importancia de las formas

De los buenos libros y la importancia de las formas

Miguel Sanmartín Fenollera, el 30.06.20 a las 11:15 AM


«Entre las montañas de Sierra Nevada, California». Albert Bierstadt (1830-1902).

«Los hombres parecen haber perdido la percepción de la dependencia instantánea de la forma respecto del alma».

Ralph Waldo Emerson

«Cada línea que podemos dibujar en la arena tiene expresión».

Ralph Waldo Emerson

Las dos frases del frontispicio, extractadas del conocido ensayo de Emerson El poeta (1843), hacen referencia a algo que en nuestros tiempos postmodernos ha pasado a un segundo plano. A algo que desde la aurora de los tiempos ha encontrado expresión en todas las acciones del hombre como resultado de una pesquisa siempre infructuosa, pero siempre insaciable, de un anhelo que habita en todo corazón humano: La búsqueda de la Belleza como expresión de Dios.

Y como la Belleza (con mayúsculas) ha sido proscrita, con ella ha sido proscrita también la forma en la que se nos manifiesta, tachada de superflua, de caprichosa y de indiferente. La forma es prescindible, se nos dice, la forma es una tiranía que agobia nuestra libertad de expresarnos, de decirnos, de ser. La forma ha de ser abolida, y así se nos proclama y se nos impone. Es el trabajo de la forma hacer el orden, y pocos tiempos han estado fundados en el desorden más que el nuestro. La expresión irredenta y manifiestamente absurda de este pensamiento se revela estéticamente en la obra Cuadro blanco sobre blanco (1918) de Kazimir Malévich, en el que el artísta esquiva toda forma que remita a una cosa y que delimite una cosa.

El temperamento moderno huye de las formas; estas precisan de tiempo y cuidado y el hombre de nuestros días se caracteriza por su impaciencia; por ello ve en aquellas una suerte de prisión. La tentación al abandono de las formas está ínsita en toda idea de progreso, pues la forma limita y frena. Por ello lo relacionado con la forma (y por tanto, con la distinción) está hoy bajo asedio: las fronteras nacionales, el dimorfismo sexual, la mera constatación de la existencia de distintos talentos y capacidades bajo una misma naturaleza humana. La restricción en sí misma está bajo asedio.

Ya en 1924, en su obra Literatura y Revolución, Trotsky comentó sobre el entonces influyente formalismo ruso: «Los formalistas son seguidores de San Juan. Creen que “En el principio era la Palabra". Pero nosotros creemos que en el principio fue el hecho. La palabra le siguió como su sombra fonética». Y parece que no nos hemos librado todavía de esto.

El escritor y pensador alemán católico Martin Mosebach, lo expresaba de forma clara recientemente. Para el literato alemán, la «ausencia de la forma» en la actual cultura occidental no es sino el resultado de un proceso que, ligado al olvido del ser, ha llevado desde el culto a lo deforme a la exaltación de lo informe, para concluir en una sociedad pasivamente conforme con lo casual e indeterminado. Según el escritor alemán, esta carencia cognitiva es una de causas involuntarias, que, unidas a otras menos intencionales, nos han llevado a la crisis actual. Hay por tanto una ceguera de la cultura contemporánea ante el lenguaje de las formas.

«Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo»
(Juan, 8,6).

Es ese mismo dedo el que igualmente escribió en nuestro corazón aquello que ansiamos ser, aunque hoy muchos pugnen por borrarlo, sin darse cuenta que con esa acción de aparente rebeldía no hacen otra cosa que borrarse así mismos.

Si echamos la vista atrás y efectuamos un repaso somero de la historia del pensamiento en los últimos tres siglos, probablemente convengamos en que el origen de la citada crisis se encuentra en el abandono del concepto de realidad espiritual. Ello supuso el paso de una concepción del mundo basada en la división entre lo material y lo espiritual, lo profano y lo sacro, lo inmanente y lo trascendente, a otra, donde ahora estamos, en la que prima la eliminación de toda dualidad y se da preeminencia a lo material, y con ello, a la angustiosa y desesperante afirmación de lo irreal de la existencia, pues lo material, examinado en sus más básicos componentes se vuelve evanescente.


«El monte Elbrús detrás de las nubes». Obra de Nikolái Yaroshenko (1846-1898).

Recientemente, pensadores de inspiración cristiana, como Paul Ricoeur y Pavel Florenski, volviendo la mirada atrás, han tratado, no solo de traer de nuevo al frente aquella dualidad perdida, sino de superarla recuperando para ello su síntesis, una síntesis originalmente revelada por el cristianismo. Florenski dice al respecto:

«Yo quería ver el alma, pero quería verla encarnada. Alguno lo llamaría materialismo. No se trata, sin embargo, de materialismo, sino de la necesidad de lo concreto o simbolismo».

Eso es, se trata del símbolo, la forma que representa aquello que sin verse se sabe existente, y que, lamentablemente, ya no podemos entender o tan siquiera ver. Pero, aunque momentáneamente no podamos verlo, lo cierto es que está ahí fuera y desde allí nos habla.

Como dijo August Macke, refiriéndose al movimiento expresionista al que pertenecía, e intuyendo algo que no podía comprender del todo:

«La forma, para nosotros, está cargada de misterio, porque es la expresión de fuerzas misteriosas. Sólo a través de ellas adivinamos las fuerzas misteriosas, el “Dios invisible". Los sentidos son para nosotros como un puente entre lo inconcebible y lo concebible. Mirar a las plantas y a los animales es sentir su secreto. Escuchar al trueno es sentir su secreto. Comprender el lenguaje de las formas significa estar más cerca del misterio, significa vivir».


«El canal de agua», óleo de Charles Guilloux (1866-1946).

Para Florenski, la experiencia cristiana es la verdadera, entre otras cosas porque hace transparente otro mundo, el divino, y transforma todo lo real y corpóreo en símbolo, «es decir, en la unidad orgánicamente viva de lo que está representado, de lo que simboliza y de lo que es simbolizado»; es lo que permite contemplar la verdadera realidad como fusión que es de lo visible y lo invisible, del símbolo y lo simbolizado. Todo ello tiene relación con la liturgia, sin duda, pero no es materia de este blog entrar en esta cuestión. Paul Claudel lo dice hermosamente, y apunta también a esa otra dimensión de lo formal cual es la de la seguridad que nos ofrece la monotonía, la homogeneidad, la rutina, el que las cosas se sucedan, una y otra vez, con previsión, con amorosa seguridad. ¿Es un acto pedagógico y misericordioso? Sospecho que sí, al modo en que los padres, con insistencia amorosa, enseñamos a nuestros hijos sus primeras palabras, sus primeros pasos. Dice Claudel:

«La naturaleza, (…) no se cansa de producir siempre la misma hoja, la misma rosa, el mismo pájaro, la misma mariposa (los mismos, siempre los mismos). A cada cosa que ella hace, se diría que le presta un tal interés, una tal importancia, que no se cansa nunca de repetirlas, como un niño que repite con insistencia una palabra que no llega a hacernos comprender (…). De igual manera, en el orden de las realidades religiosas, vemos un fenómeno completamente análogo (…). En sus salmos, en sus himnos, en la Misa de cada mañana, en ese prestigioso poema de la liturgia, a la vez drama y coro, que se extiende durante el año, las almas que tienen sed de amor y de belleza reencuentran, sin tedio alguno, y con un interés siempre renovado, las mismas satisfacciones que han venido a buscar allí sus padres antes que ellos».

Y Chesterton, como no, también dirigió nuestra atención hacia a esa rutina formal de las cosas, a esos cánones formales que de manera natural se suceden incansablemente, relacionándola con la infancia:

«Es posible que Dios diga al sol cada mañana: “hazlo otra vez”, y cada noche diga a la luna: “hazlo otra vez”. Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él, tenga el eterno instinto de la infancia».

«Lo esencial es invisible a los ojos»
, nos dice Saint-Exupery en El Principito. De igual manera, la realidad creada se nos presenta «formada», sujeta a un molde material a través de la cual se nos transmite ––por medio de los sentidos y el tamiz del intelecto––, algo, un algo que responde a realidad final y original de las cosas. Por tanto, prescindir u olvidar de lo que esas formas significan supone un suicidio espiritual.


«Camino en mayo» de Ch. Burchfield (1893-1967) y «Bosque en primavera» de J. Watts (1853-1930).

Todas las cosas responden, en su estructura última, a unas formas primarias y originales, sujetas a unos mismos cánones de armonía y proporción. Estas formas arquetípicas están ínsitas en la estructura física del mundo, pero también en el corazón y el alma del hombre. La existencia de un sistema matemático en la estructura íntima de lo creado es algo bien conocido desde hace milenios y está ligado a ese patrón denominado «proporción áurea»; los artistas desde siempre lo han utilizado como una herramienta para captar la mirada del espectador en sus obras de arte y crear puntos focales de atención y atracción. Es parte de una invisible e inaudible «música visual», misteriosa y fascinante; como dice el poeta: «vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada». Por eso las formas no pueden ser abandonadas, pues constituyen un lenguaje sin el cual permanecemos mudos ante la realidad última: Dios. Ya san Anselmo de Canterbury se quejaba, en el siglo XI, de que «sólo unos pocos piensan en la verdad que habita en las cosas». Si eso era así entonces, no se que habría dicho el santo de nuestros tiempos. Hoy más que nunca «hay lágrimas en las cosas», aunque en un sentido distinto al que nos transmitió Virgilio. Por esa razón una atención solícita y perseverante, es precisa; y lo seguirá siendo, como canta el poeta Malcolm Guite,

«Hasta que un cambio de clave,

Un acorde secreto revelado,

Una especie de melodía,
Y todo el mundo aparezca transpuesto».


Esto trae a mi memoria al cardenal Newman. Hablaba él de dejarse seducir por la realidad y comprender que en ella obra el «principio sacramental» según el cual las cosas son palabras divinas encarnadas. De ahí su misteriosa hermosura, que nos asombra si sabemos mirar; de ahí su carácter significativo sí sabemos leer y comprender lo que leemos.

En este sentido se enmarca la llamada via pulchritudinis, de la que nos ha hablado Benedicto XVI. En una audiencia de 31 de agosto de 2011, dijo al respecto:

«Tal vez te ha sucedido en algún momento ––ante una escultura, un cuadro, unos versos o una pieza musical–– haber experimentado una profunda emoción, un sentimiento de alegría, haber percibido claramente que ante ti estaba no sólo la materia ––un pedazo de mármol o bronce, un lienzo pintado, un conjunto de letras o una combinación de sonidos–– sino algo mucho más grande, algo que “habla", algo capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el alma. Una obra de arte es el fruto de la capacidad creativa de la persona humana que se asombra ante la realidad visible, que busca descubrir las profundidades de su significado y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, los colores y los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que ve; revela su sed y su búsqueda del infinito. En efecto, es como una puerta abierta a la eternidad, abierta a una belleza y una verdad que está más allá de lo cotidiano. Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y el corazón, impulsándonos hacia arriba».

«El mundo exterior… es una manifestación de realidades más grandes que él mismo (…) la materia y la expresión son partes de una sola cosa», escribe Newman. Pero como él mismo sigue señalando, para alcanzar a ver lo sublime, lo espléndido, lo bello, el hombre debe ser capaz de rescatarlo con la imaginación de entre lo que es vulgar, y ello solo puede ser realizado a través de la poesía, de ahí que una manera de aproximarse a esa espléndida verdad sea a través de los buenos y grandes libros.

En la literatura aguarda, como emboscada, la realidad, la cual se nos muestra a su través por medio de la imitación, su más perfecta función, pues la literatura, como todo arte, no es sino una imitación de la vida. Como dijo el poeta Shelley, «levanta el velo que cubre la belleza oculta del mundo y hace aparecer los objetos familiares como si no lo fueran». Y así, las signifcationes rerum (el significado de las cosas) se nos expresan por medio de la palabra sometida al orden de las formas. Un orden que se lleva a cabo por medio de restricciones, límites, formalidades: sintaxis, métrica, alegoría, metáfora, metonimia, símil, voz, dicción, ritmo… para que, finalmente, la creación literaria resultante, esa traducción en palabras de la realidad de las cosas, permanezca guardada e «in-formada», en algún lugar de nuestra memoria.

Como versó el poeta alemán Hölderlin, «lo que permanece lo fundan los poetas», tal y como ratifica este magnífico poema sobre el asombro ante la visión de lo creado, del gran Manley Hopkins, con el que termino. Un poema que pone de manifiesto, en famosa definición de otro poeta, Coleridge, porqué la poesía consiste en dar a «las mejores palabras el mejor orden». Disfrútenlo.

LA GRANDEZA DE DIOS

El mundo está cargado de la grandeza de Dios.

Flamea de pronto, como relumbre de oropel sacudido;

Se congrega en magnitud, como el légamo de aceite aplastado.

¿Por qué pues los hombres no acatan su vara?

Generaciones lo han ido hollando, hollando, hollando;

Y todo lo agosta el comercio; lo ofusca, lo ensucia el afán;

Y lleva la mancha del hombre y comparte del hombre el olor:

El suelo se halla desnudo, ni el pie, calzado, puede ya sentir.

Y con todo esto, natura nunca se agota;

Vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada;

Y aunque las últimas luces del negro occidente partieron,

Oh, la mañana, en el pardo borde oriental, mana;

Pues el Espíritu Santo sobre el corvado mundo
Cavila con cálido pecho y con ¡ah! vívidas alas.


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