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Es necesario que el Card.Omella, Arzobispo de Barcelona, escuche activamente

domingo, 1 de octubre de 2017

Es necesario que Omella escuche activamente

Ya desde su llegada a Barcelona, en los primeros encuentros con sacerdotes, nuestro Cardenal Arzobispo enfatizó su voluntad de no querer basar el juicio fundado sobre nuestra realidad diocesana en los dimes y diretes: en una palabra, en las etiquetas que sobre las personas le podían hacer llegar. Nos pareció una excelente actitud. Partir de cero y elaborarse él mismo un juicio sobre la realidad de las parroquias y movimientos, así como del laicado y del clero. Aplaudimos esa actitud que juzgábamos noble y sincera, además de inteligente y muy conveniente, dada la impresión sesgada que podía recibir del denominado cinturón de hierro curial que se iba a encontrar del periodosistachiano.

El paso siguiente era necesario que fuera una lenta, paciente y activa escucha de las inquietudes, problemas e ilusiones de todos sus diocesanos, tanto sacerdotes como laicos. Junto con un sumergirse, no en las apariencias, sino en la profundidad de todo lo que pasaba bajo su más directa responsabilidad. A mi entender, la atención a las personas y la cercanía afectiva con respecto a ellas es de capital importancia para la vida de un sacerdote, cuanto más para un arzobispo.
En vísperas de mi ordenación sacerdotal, un provecto sacerdote me dio un consejo de gran valor, que escuché con gratitud y que siempre he intentado recordar y cumplir: “Tus feligreses, los fieles con los que trates, serán capaces de perdonar casi todos tus defectos humanos; pero lo que no te perdonarán jamás es que no los escuches ni los atiendas con dedicación y cariño”.

Creo que ningún medio y ningún grupo diocesano aplaudiera con más ilusión y esperanza que Gérminans, la llegada de don Juan José a Barcelona. Siguiendo la misma máxima y propósito que él mismo confesaba adoptar, el de no basarnos en etiquetas ni prejuicios, lo recibimos con el corazón y la mente abierta. Nada de su etapa anterior, tanto como sacerdote o como obispo, bien aireada en los medios, iba a condicionar nuestro juicio sobre su persona y su tarea. Aún con el riesgo de pecar de ingenuidad, esa fue nuestra actitud. Todos nuestros lectores lo recordarán y ahí está la hemeroteca, al alcance de cualquier curiosa verificación.

Fueron pasando los meses y comenzaron los primeros contactos y entrevistas personales con don Juan José. Más allá del pronto natural de su temperamento, de trato agradable y locuacidad tan espontánea como risueña, nos fuimos danto cuenta de que algo rechinaba. Y lo que no encajaba era justamente que no iba más allá. Parecía interesarse, eso sí, con un exceso de solícito formalismo, sobre algunas cosas; pero tal como afirmamos en un artículo, oía pero no escuchaba. Y lo más preocupante, no profundizaba en las cuestiones. Jamás. Algunas incluso, éstas de capital importancia, parecían no interesarle. No es sólo que no diese su juicio sobre puntos doctrinales, morales o litúrgicos, ante los que permanecía hermético; es que manifestaba un real desdén y cierto desprecio. Y tal actitud resulta gravísima para un pastor diocesano. Y desalentador para los que a pie de calle llevamos la carga ministerial y pastoral de la Iglesia diocesana.

El primer jarro de agua gélida lo supuso uno de sus primeros nombramientos: el de Mn. Ramón Batlle como párroco de San Ramón de Penyafort y vice de la Delegación de Economía de Matabosch, y además como nuevo director del ISCREB (Instituto de Ciencias Religiosas de Barcelona), sin ningún título ni cualificación para tal cargo y saltándose el íter curricular e institucional para ello. Ni siquiera el casi simultáneo acto de confianza en la Hermandad de Hijos de Nª Sª del Sagrado Corazón en el encargo pastoral de algunas parroquias de Hospitalet, pudo atenuar el golpe moral que supuso para nosotros y cualquier persona seria y de bien. Además contradecía todos los presupuestos que las directrices del papa Francisco iban señalando en el presunto camino de renovación pastoral: el target de Batlle se definía por su ambición carrerista y la acumulación de cargos, para la mayoría de los cuales no había otra justificación que el amparo nepotista de Matabosch, su gran mentor. Amén de otras causas de diversa índole moral que preferimos no detallar en este momento.

Eso demostraba que Omella no es que fuera a piñón fijo, es que no se asesoraba ni escuchaba el diverso parecer de los implicados en un nombramiento. O caía en las sibilinas redes informativas del poder establecido, el manido circulo de hierro curial, que aún a estas horas y en este momento permanece incólume.

Los nombramientos de este verano confirmaron la más aciaga de las hipótesis: Omella seguía desconociendo a los sacerdotes y a las parroquias, y seguía obrando imprudentemente en la provisión pastoral de las parroquias. Añadiendo además la incalificable memez de los nombramientos de párrocos “in sólidum” para éstas. Presentada, eso sí, bajo la fachada de modernidad y optimización de recursos y mil aderezos teológicos y logísticos más. Puro camelo.
Demos como muestra, de entre todos los inverosímiles nombramientos veraniegos, el de Mn. Jordi Illa como párroco de María Auxiliadora de Mataró. Precedido por su fracaso estrepitoso en St. Francesc de Poblenou, donde estuvo poquísimo tiempo, acentuado con el mal recuerdo y esterilidad que a su paso ha dejado en Vilassar de Dalt, por no añadir más. Y ahora nombrado párroco de la parroquia más populosa de Mataró: parroquia cultural y religiosamente antitética de todo lo que él es y representa: republicano y de izquierdas,indepe confeso y apóstol de la independencia, de un catalanismo cultural no sólo extremo sino exacerbado, de hábitos raros y personalidad inestable, enfermo renal sometido a diálisis (tremenda limitación para cualquier ministerio), y no añadimos más por misericordia. Todo eso para regir una parroquia castellanoparlante, de inmigración, y sede de la mayor parte de Hermandades de Penitencia y de Gloria de la ciudad. Por no hablar del número de misas y la administración sacramental que exige el mantenimiento de la comunidad. Una dedicación pastoral que no va con él: ni física ni anímicamente. Y digo mantenimiento únicamente, no incremento o acción evangelizadora. ¿Quién da más por esa bomba? ¡La puntilla que le faltaba a Mataró!

¿Qué demuestra todo ello? Que don Juan José no da pie con bola en su gestión: la mayoría de los últimos nombramientos se han ido ya al garete. Ha tenido que comérselos y corregirlos improvisadamente, lo que menoscaba su autoridad y prestigio. Y ha recurrido para ello a la política de “tapagujeros”, lo más deleznable para el proyecto pastoral serio que requiere Barcelona. Desolación y más desolación, eso es lo que nos espera si no hay un golpe de timón desde este mismo momento.

Añadamos a todo ello que su sinceridad personal puede ponerse en entredicho en los próximos meses. Cuando pasado el periodo discrecional que se ha impuesto para leer los cuestionarios que nos mandó presentar sobre sugerencias y disponibilidad personal, vaya encontrándose con sus sacerdotes. Es cierto que podrá preparar cada encuentro previsto con anterioridad, con una lectura rápida y alguna nota sobre lo enviado. Pero ¿qué hará si lo abordan saltuaria e improvisadamente sus sacerdotes y le preguntan sobre las cuestiones detalladas por éstos con el cuidado y rigor que les fueron exigidos, y descubren que no ha dedicado atención alguna ni interés en lo que le ha sido confiado por éstos? Y créanme, algunos sacerdotes volcaron su alma en esos cuestionarios. En una palabra: ¿cómo quedará D. Juan José ante sus sacerdotes, si se dan cuenta de que dramáticamente todo ha ido a la papelera de la historia diocesana? El menor mal es que se afianzará su creciente fama de cuentacuentos para encubrir su incapacidad: la superficialidad como táctica suprema. Una vez más, una ilusión y una oportunidad frustradas.

Tras estas reflexiones, y sobre todo tras los ejemplos, a la propuesta del título, que dice: “Es necesario que Omella escuche activamente”, la primera respuesta que se me ocurre, es: ¿Pero realmente es capaz de escuchar?

Prudentius de Bárcino
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