INTERESANTE EXAMEN DE DILEXI TE.
"Dilexi te: entre la pobreza evangélica y la opción preferencial por los pobres" - Mario Caponnetto - 19/10/2025.NOTA PREVIA: La única salvedad que hago a este excelente análisis del Dr. Mario Caponnetto -por quien tengo la más alta estima y un profundo respeto-, es la siguiente: considerar al actual ocupante del Vaticano como legítimo Vicario de Cristo, llamarlo "Santo Padre" y luego criticar su magisterio es una postura incoherente, porque el Sucesor de San Pedro es el Doctor supremo e infalible de la Iglesia en materia de fe y de moral. Esto es, desafortunadamente, un error muy habitual entre los católicos "conservadores" y "tradicionalistas". Pero es precisamente gracias a esta falta de discernimiento teologal de los buenos católicos que los "papas conciliares" han podido efectuar su tarea devastadora sin encontrar obstáculo alguno, amparados en su pretendida autoridad pontificia, pudiendo así devirtuar sin solución de continuidad la doctrina católica con sus envenenadas ideas modernistas, ecuménicas y liberales, todas ellas condenadas de manera expresa e infalible por el magisterio de la Iglesia. No es esta entrada el lugar para explayarme al respecto, pero considero indispensable hacer esta aclaración, para evitar malentendidos.
El Papa León XIV ha dado a conocer el pasado 9 de octubre su primer documento magisterial. Se trata de la Exhortación Apostólica Dilexi te sobre el amor a los pobres. Dos cosas llaman, de entrada, la atención. La primera, que el Santo Padre haya elegido como documento inicial de su magisterio, en cierto modo la carta de presentación de su Pontificado, un texto elaborado prácticamente en su totalidad por su inmediato antecesor, el Papa Francisco. Efectivamente, Dilexi te estaba ya de hecho concluida a la muerte del Papa Bergoglio: ahora ve la luz con la firma del nuevo Sumo Pontífice quien se ha limitado a añadir algunas reflexiones. Se trata, por tanto, de una herencia plenamente asumida que el Santo Padre ha decidido proponerla en el comienzo de su ministerio petrino.
Lo segundo que llama la atención es el tema elegido: el amor a los pobres inseparable del amor a Cristo. Sin mengua alguna de la importancia de este tema, tan profundamente enraizado en el corazón del Evangelio y en la tradición y el magisterio de la Iglesia, cabe preguntarse si era este el más apropiado para un documento inaugural a la vista de tantos y tan graves problemas que hoy afectan a la Iglesia sumergida en un clima de pavorosa confusión doctrinal y sacudida por fuertes tensiones internas que ponen en serio riesgo su misma unidad.
El Santo Padre ha tenido, sin duda, sus razones para obrar de este modo. Pero, sinceramente, esperábamos otra cosa: un documento de factura propia que trazare algunas líneas directrices de cara a la actual crisis de la Iglesia, documento que hasta el momento se echa de menos.
Pero más allá de estas consideraciones, vayamos al tema mismo: el amor a los pobres. A nuestro modesto juicio, un adecuado abordaje de este tema exige hoy, a la luz de las graves confusiones y errores que sacuden a la Iglesia, una distinción fundamental; distinción que podríamos plantear en estos términos: ¿la llamada “opción preferencial por los pobres” se corresponde con el sentido evangélico de la pobreza y el socorro de los pobres conforme manda la caridad cristiana?
A nadie escapa que esta autodenominada “opción preferencial por los pobres”, expresión acuñada en Iberoamérica por ciertas corrientes teológicas tras el Concilio Vaticano II, es en sí misma, por decir lo menos, problemática; además ha venido a ser, en cierto modo, la manifestación más popularizada de los graves y serios desvíos teológicos respecto de la fe, de la tradición y del magisterio de la Iglesia que surgieron a partir de la clausura del mencionado Concilio. No vamos a extendernos en esta delicada cuestión pues no es esta la intención de esta nota; pero se impone recordar algunos puntos esenciales.
Por empezar, es bien conocido que esta “opción preferencial por los pobres” surgió en el contexto de la llamada “teología de liberación” en sus variadas versiones y sucedáneos. Esta teología no fue ni es otra cosa que una grave desnaturalización del mensaje cristiano reducido a meras categorías sociológicas e ideológicas. Es que en el punto de partida de esta supuesta teología no hallamos al Dios Uno y Trino, revelado en los arcanos del Antiguo Testamento y manifestado plenamente en Cristo, el Verbo hecho carne en el seno de María. Estas teologías no parten de una teoría, esto es, de una contemplación del Logos, ni de una escucha de la Palabra de Dios sino de situaciones históricas siempre contingentes y temporales por lo que están condenadas ab initio a un radical historicismo y a un no menos radical inmanentismo intramundano.
Las innegables situaciones de injusticia y de marginación social de amplios sectores populares, tan dolorosamente presentes en las sufridas naciones iberoamericanas, fueron, justamente, el punto de partida histórico de los teólogos liberacionistas. Y esto produjo una grave inversión: en lugar de iluminar esta realidad histórica con la luz de la teología revelada (específicamente en lo que concierne a la teología moral), los misterios de la teología revelada fueron reinterpretados a la luz de aquella realidad. Se redujo, de este modo, la teología a sociología y ésta, a su vez, entendida de acuerdo con categorías ideológicas dependientes, explícita o implícitamente, de una hermenéutica marxista.
Pues bien, al asumir estas teologías la llamada “opción preferencial por los pobres” inevitablemente cayeron en una grave distorsión de la noción de pobreza. De este modo, la pobreza evangélica, que es ante todo y, sobre todo, la pobreza de espíritu proclamada por el Señor en el Sermón del Monte, se trasformó en una categoría ideológica. La pobreza evangélica, una de las vías para la sequela Christi, quedó reducida a la pobreza de pecunia y el pobre del Evangelio se convirtió en un agente revolucionario de transformación social.
En consecuencia, un documento magisterial que se proponga tratar el tema de los pobres debe comenzar por poner luz sobre este delicado asunto y dejar bien claro que “la opción preferencial por los pobres” nada tiene que ver ni con el evangelio ni con la tradición ni con el magisterio de la Iglesia. Pues bien, la atenta lectura y relectura de Dilexi te pone en evidencia que esta distinción, reiteramos fundamental en el actual contexto eclesial, está ausente o, al menos, no aparece de modo claro y directo.
En primer lugar, se advierte una cierta ambigüedad en el uso del término pobreza. Si bien se reconoce que “existen muchas formas de pobreza” (n. 9), sin embargo, no siempre surge del todo claro el sentido en el que se emplea dicho término. Es cierto, además, que el Papa procura, en varias partes del texto, resaltar el carácter sobrenatural de la cuestión de la pobreza: “No estamos, escribe, en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia. En los pobres Él sigue teniendo algo que decirnos” (n. 5).
De acuerdo, y es alentador que León XIV haya recordado estas verdades fundamentales. Pero, tal como está estructurado el Documento, estas afirmaciones se pierden en medio de un texto farragoso lleno de expresiones propias del conocido lenguaje de las “teologías latinoamericanas” (herencia inequívoca de Francisco); y esto hasta tal punto que, con cierta frecuencia, los textos patrísticos y aún los de la Sagrada Escritura aparecen como reinterpretados a la luz de la particular terminología liberacionista.
En este sentido, habría que empezar por el texto bíblico que da nombre al Documento. Efectivamente, cabría preguntarse hasta dónde resulta apropiado interpretar las palabras de Apocalipsis, 3,9: et scient quia ego dilexi te como una manifestación del amor de Dios a los pobres. Pero dejemos este punto a los exégetas. Detengámonos, en cambio, en el capítulo tercero en el que el Papa resume toda la acción de la Iglesia a favor de los pobres desde los tiempos de los Apóstoles hasta el presente. Nada más oportuno, ciertamente, que recordar que no fue necesario esperar a los teólogos de la liberación para que la Iglesia se ocupase de los pobres. El Santo Padre, más hacia el final del texto resalta esta realidad histórica: “El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos” (n. 103).
En este repaso histórico, el Papa cita varios textos de los Padres de la Iglesia, griegos y latinos, que contienen preciosas enseñanzas acerca del deber cristiano de socorrer a los pobres. Pero, a modo de síntesis de tales textos, concluye: “Sobre este aspecto, en resumen, se puede afirmar que la teología patrística fue práctica, apuntando a una Iglesia pobre y para los pobres” (n. 48). Pero ¿no es esto una reducción inadecuada de la teología patrística a categorías y a fórmulas que hoy suenan en un sentido bien diverso de lo que entendieron los Padres? Ellos no buscaban “una Iglesia pobre para los pobres” a la manera de los hodiernos teólogos liberacionistas, sino que urgían a los cristianos a la práctica de la caridad.
Lo mismo ocurre cuando se hace referencia a las órdenes mendicantes, en el siglo XIII.
Según el Santo Padre esas órdenes “no sólo servían a los pobres: se hacían pobres con ellos. Consideraban la ciudad como un nuevo desierto y a los marginados como nuevos maestros espirituales. Estas Órdenes, como los franciscanos, los dominicos, los agustinos y los carmelitas, representaron una revolución evangélica, en la que el estilo de vida sencillo y pobre se convierte en un signo profético para la misión, reviviendo la experiencia de la primera comunidad cristiana” (n. 63).
Pero la verdad histórica no parece coincidir con tales conclusiones, toda vez que aquellas órdenes mendicantes asumieron la pobreza voluntaria como un modo de vida, un estado de perfección que les asegurase la plena entrega a Dios y a la ardua tarea de restaurar la Iglesia (tal fue la misión de San Francisco) o a combatir las herejías por medio del estudio, la enseñanza y la predicación, como en el caso de Santo Domingo. No hubo en ellas ningún “signo profético” contra las injusticas sociales de su tiempo, ni un intento de revivir las experiencias de comunidades primitivas. Menos aún resulta lícito afirmar que los frailes dominicos que enseñaban en la Universidad de París “al vivir entre los pobres, aprendían la verdad del Evangelio «desde abajo», como discípulos del Cristo humillado” (n. 66); o afirmar que “las Órdenes mendicantes fueron, así, una respuesta viva a la exclusión y la indiferencia” (n 67). Estas “relecturas” de hechos del pasado a la luz de categorías por completo ajenas, oscurecen el texto de la Exhortación más que iluminarlo.
Por último, nos parece oportuno destacar que a partir del capítulo cuarto el Papa toma en consideración lo acaecido desde la Encíclica Rerum novarum y el magisterio subsiguiente. La mirada está puesta principalmente en el Concilio Vaticano II al que califica como “una etapa fundamental en el discernimiento eclesial en relación a los pobres, a la luz de la Revelación” (n. 84). Es precisamente en esta parte en la que hallamos las principales dificultades. Al afirmar, en efecto, que el Concilio representó una “etapa fundamental” en el esclarecimiento de la conciencia de la Iglesia respecto de los pobres, está avalando sin beneficio de inventario todo lo que venimos observando en la Iglesia en estas siete décadas posconciliares.
Pero bien sabemos que ha sido precisamente este período posconciliar el que más problemas y desviaciones ha producido en esta materia. Como dijimos más arriba, esta llamada “opción preferencial por los pobres” es inescindible de las teologías liberacionistas, frutos amargos del Concilio Vaticano II. Dichas teologías han marcado y continúan marcando, de modo hegemónico, toda la acción pastoral que se viene desarrollando desde entonces. Ejemplos de lo que decimos es la orientación teológica y pastoral adoptada por el CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe) a partir de esa época hasta el presente; las II, III y V Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, celebradas, respectivamente en Medellín, Colombia, en 1968, en Puebla, México, en 1979 y en Aparecida, Brasil, en 2007. Los documentos elaborados en estas conferencias conforman una línea teológica y pastoral inequívocamente inscripta en el espíritu y en la letra de las nuevas teologías. En consecuencia, el aval del Papa a esta línea teológica y pastoral, sin ninguna aclaración ni discernimiento, contribuye a aumentar aún más la confusión y el error.
Al coincidir en un mismo texto pasajes innegablemente valiosos que intentan superar las visiones sociológicas e ideológicas de las teologías liberacionistas con vivos elogios al “gran trabajo de obispos, teólogos y expertos preocupados por la renovación de la Iglesia”, que “reorientó el Concilio”, y al calificar dicho trabajo como un “fermento” de naturaleza fundamentalmente cristocéntrica, “es decir, doctrinal y no sólo social” (n. 84), resulta evidente que el Papa navega entre la genuina pobreza evangélica y esta “opción preferencial por los pobres” que, no nos cansaremos de repetir, está a radice contaminada de falsas “teologías” contrarias a la fe y a la doctrina de la Iglesia.
Sin contar que si las tales teologías y sus consecuentes líneas pastorales han de ser juzgadas por sus frutos, el juicio no puede ser más que rotundamente negativo: las situaciones de pobreza e injusticia lejos de disminuir han aumentado exponencialmente; el catolicismo ha retrocedido a niveles alarmantes en países otrora católicos a favor de la proliferación de las sectas evangelistas; la influencia cultural y social de la Iglesia es de hecho nula; las sociedades se han descatolizado; los seminarios, vacíos y varios de ellos clausurados en razón de sus tendencias “conservadoras”. Es decir, un desolador páramo espiritual.
También resulta llamativo que el texto condene, y con total acierto, las “ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común” (n. 92) pero, al mismo tiempo. no diga una sola palabra respecto de los populismos de neta orientación socialista y colectivista que tanto daño han hecho y hacen en tantos países. Estamos cansados de estas visiones “hemipléjicas” si hemos de ser sinceros.
Bien sabemos que la mezcla del error y de la verdad nunca es buena. Por otra parte, como enseña el Aquinate, el oficio del maestro cristiano (y el Papa lo es por antonomasia) es doble: decir la verdad y confutar el error que se le opone. Esto es, precisamente, lo que se echa de menos en este texto pontificio que, en definitiva, no ha conformado a nadie y en nada contribuye a restablecer la unidad de la Iglesia que León XIV ha puesto desde el primer día como el objetivo fundamental de su Pontificado.
Fuente: Dilexi te. Entre la pobreza evangélica y la …
Antonio Caponnetto, hermano de Mario, también publicó un interesante comentario sobre el documento:
DILEXI TE. Algunas reflexiones sueltas