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Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

Sacerdotes santos (I): según los Apóstoles

José María Iraburu, el 12.04.21 a las 12:14 PM

–No es fácil hallar en la web buenas imágenes de sacerdotes católicos con gente cristiana que…
–Y mire que he buscado. Pero nada… Está claro que los mejores buscadores de la web no son precisamente católicos.

II). Sacerdotes y el modelo de los Apóstoles

La vida de los Apóstoles constituye para los presbíteros el modelo permanente de configuración a Cristo
. Los Apóstoles han sido elegidos y llamados no solamente para que continúen los «oficios» de Cristo, sino para que, participando con especial intimidad de su propia vida, puedan ser «presencia» viviente del Resucitado. Así fueron considerados por las primeras comunidades cristianas. Con este doble y único fin los formó el Señor:

«Designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar» (Me 3,14). Los constituye, pues, compañeros, acompañantes, no siervos, sino amigos («ya no os llamo siervos, sino amigos», Jn 15,15). Y precisamente por esa íntima y profunda intimidad amistosa, pueden ellos ser enviados (apóstoles) para predicar el Evangelio. Así lo entendieron ellos, y por eso instituyeron los diáconos: «Nosotros debemos dedicarnos a la oración [compañeros] y al ministerio de la Palabra [co-laboradores]» (Hch 6,4)-

Una concepción del sacerdocio que subrayara exclusivamente la segunda dimensión ministerial-funcional, dejando en la oscuridad esa primera dimensión más personal, ese especial adentramiento en la intimidad de Cristo, tan propio de la existencia apostólica, no resultaría conciliable con la fe católica. El ministerio sacerdotal es «más» que un servicio eclesial.

–El sacramento del Orden configura (novo modo consecrati) (PO 12) los sacerdotes a Jesucristo, que los envía al mundo como co-laboradores suyos en la difusión del Reino

«Como mi Padre me envió, así yo os envío. Dicho esto sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 21-22). Esta especial donación del Espíritu, netamente apostólica, es hoy el sacramento del Orden:

1) Potencia ante todo en ciertos discípulos de Cristo la capacidad para re-presentarle personalmente de manera viva y verdadera en medio de los hombres. Son discípulos de Jesús que Él ha elegido y llamado personalmente, que lo han dejado todo (Mt 19,27) para poder seguirle en forma más próxima y continua, y ser así formados por convivencia con Él; que le han seguido fielmente, permaneciendo con Él en las pruebas (Lc 22,28); que han vivido tres años con Jesús no como siervos, sino como compañeros, como «amigos» (Jn 15,15), «amigos del. Esposo» (Mt 9,15); como discípulos que recibían de Él en privado explicaciones confidenciales de lo que al pueblo predicaba en parábolas (Mc 4,34). Estos hombres hace el Orden sacerdotal.

2) Esa donación sacramental del Espíritu Santo potencia a unos creyentes para que ejerzan los «oficios» Cristo in persona Christi, que «les dio el nombre de apóstoles» (Le 6,13), que significa «enviados»: id, predicad, bautizad, haced esto en memoria mía, perdonad los pecados, congregadlos en comunidad, sed sus pastores… Estas acciones potencia en los sacerdotes el Orden sagrado.

Este término griego de «apóstol», según entienden algunos escrituristas, corresponde al término judío «seliah». Se trata de una institución jurídica por la que una persona era constituida encargado de negocios, procurador, apoderado plenipotenciario, representante de otra persona. Por ejemplo, el seliah de una persona podía ser enviado a otros no sólo para hablar «en su nombre», sino más aún «en la persona» de quien le enviaba. Tan fuerte era la re-presentación que los actos del enviado comprometían indisolublemente al enviador.

–Ministros de la representación de Cristo

Así lo enseña nuestro Señor y Salvador Jesucristo cuando dice: «El que os recibe a mí me recibe»
(Me 10,40), «El que os oye, me oye» (Le 10,16).«Haced esto [mismo] en memoria mía» (Lc 22,19). «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20), etc. Ésta es la vocación y misión de los Apóstoles, de sus sucesores lo Obispos, y de los sacerdotes como «cooperadores del Orden episcopal».

Esta misteriosa identificación con el Señor Resucitado, hace de los apóstoles Presencia viva de Cristo en medio de los hombres, y de esa gracia participan por el sacramento del Orden los obispos, sucesores de los Apóstoles, y los presbíteros, «colaboradores del Orden episcopal». Dice bien, pues, el Sínodo Episcopal de 1971, cuando afirma que «el sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (3-4). La «suerte» de los apóstoles va a ser la del Señor, en la humillación y en la glorificación; y no conviene que sea de otra manera, ni que a ellos les vaya en el mundo mejor que al Salvador que los envió (cf. Jn 15,20). Ellos participan de una manera especial de la misión expiatoria y salvadora que Cristo recibió del Padre. Entre la consagración por la que Jesús se entrega a sí mismo y la consagración de los apóstoles al cumplimiento fiel de su obra, hay una relación muy estrecha. Guardada la debida proporción, los Doce serán a su vez sacerdotes y víctimas: sacerdotes, participando del sacerdocio de su Maestro; víctimas, por el testimonio de amor que habrán de proporcionar, dando su vida por aquellos que El ama… «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas» (Jn 21,15-17).

Los sacerdotes participan hoy del misterio que los Apóstoles viven conscientemente

Y esta es la idea que de sí mismos tienen los Apóstoles
, que se confiesan «embajadores de Cristo: es como si Dios hablara por medio de nosotros» (2Cor 5,20). Por eso se atreven a pedir a la comunidad cristiana: «en nombre de Cristo os suplicamos» (Ib.). Y así lo entendían en la fe los primeros cristianos. San Pablo escribe a los tesalonicenes: «Damos gracias a Dios incesantemente porque al oír la palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino como palabra de Dios, como lo es de verdad, que obra eficazmente en vosotros, los que creéis» (1Tes 2,13)…

Obispos y sacerdotes enmarquen su vida en este mysterium fidei de los Apóstoles, en virtud del sacramento del Orden. Y en él se introduce confiadamente el sensus fidelium de los cristianos, que por la fe «ven» al ministro sacerdotal como «alter Crhistus». Los ministros del Señor hacen presente a los hombres en su persona y su acción salvadora. Lo repito: «El sacerdote hace sacramentalmente presente a Cristo» (Sínodo 1971).

Los consagrados por el Orden saben –deben saber– que su propia vida entre los hombres ha de ser revelación de Cristo; que los hombres han de tener la ocasión de ver en sus palabras y obras, como reflejada en un espejo, la imagen de Cristo, «ausente» de los suyos, pues salió del mundo para volver al Padre (Jn 16,28; 2Cor 5,6-8). Y por eso el Apóstol se atreverá a decir a los fieles: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (ICor 11,1). Y también, «doy gracias a Dios, que nos concede triunfar en Cristo, porque somos para Dios [y para los fieles] como incienso perfumado de Cristo» (2Cor 2,15).

–Lo mismo enseña y contempla la Liturgia de la Iglesia a lo largo de los siglos. Al presbítero le corresponde presidir y guiar, predicar y bendecir, perdonar los pecados y cumplir todos los oficios de Cristo fielmente, sobre todo el más grandioso y santificante: la celebración de la Eucaristía, el sacrificio de la Nueva Alianza. Pero él mismo, el sacerdote, debe ser revelación de Cristo. Para esta misión le conforta el sacramento el Orden, y por esta intención debe orar siempre la comunidad cristiana. Se dice en el Ritual de Órdenes (14).

«Estos hermanos van a ser ordenados al Sacerdocio en el orden de los presbíteros, para hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia se edifica y crece como pueblo de Dios y templo santo. Al configurarse con Cristo, sumo y eterno sacerdote, y unirse al sacerdocio de los obispos, la ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes de Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor».

Estas palabras del Ritual de Órdenes son algo más que una piadosa súplica. Son la declaración de un misterio, a cuya luz se entiende la enseñanza del Vaticano II: los presbíteros, «en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote» (LG, 28a).

Progreso y retroceso en la representación sacerdotal de Cristo

En la Iglesia la imitación o, en otros términos, el seguimiento de Cristo y de los Apóstoles, ha sido siempre el ideal que ha orientado toda renovación sacerdotal verdadera.
Imitar, seguir a Cristo más de cerca, más fielmente. El «seguimiento de Cristo» constituye una forma de vida propia, perfectamente caracterizada. (Gran miseria la de aquellos que a los veinte siglos de Iglesia todavía se consideran «a la búsqueda de la identidad sacerdotal»…). Cuanto más próximo sea el seguimiento de Cristo, la unión con Él de amor mutuo, mayor será el «progreso» en la configuración del sacerdocio ministerial. Todo lo que a eso sea contrario debe ser considerado «retroceso». Esto es así, si queremos respetar al menos el sentido genuino de las palabras.

«Danos, Señor, sacerdotes. –Danos sacerdotes santos».

José María Iraburu
, sacerdote

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Categorías : Espiritualidad católica