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LA SUPERCHERÍA DEL LENGUAJE INCLUSIVO.

"Sobre la prohibición del llamado lenguaje inclusivo en la Ciudad de Buenos Aires" - Escaramuzas de la Guerra Semántica - Juan Carlos Monedero - 26/06/2022.
Con una medida que tiene más de oportunismo que de verdadera defensa del Castellano, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha prohibido (los más prudentes dicen “regulado”) la utilización de esa jerga ideológica que algunos insisten en denominar “lenguaje inclusivo”. La medida abarca a las instituciones educativas de los tres niveles de aquello que se llamó enseñanza, y habrá sanciones para quienes incumplan la norma.

Del mismo autor: 1. NO al barbijo, NO al pinchazo, NO a la mentira - 2. Novedad editorial: "CUARENTENA" - Juan Carlos Monedero - 3. LA MANIPULACIÓN DEL LENGUAJE

Por supuesto, la progresía bienpensante (desde la ultraizquierda trotskista hasta cierto periodismo antikirchnerista) salió a poner el grito en el cielo ante semejante “atropello a la libertad”: ¿cómo vamos a prohibir algo? La consigna parece ser Prohibido prohibir, como en el Mayo Francés del ‘68. Sin embargo, se trata simplemente de un palabrerío vacuo con el cual pretenden lanzar arena a los ojos.

En primer lugar, el progresismo no tiene ningún problema en exigir cierto modo de hablar: en la comunicación pública quieren imponer los términos interrupción del embarazo. En los profesorados, fuerzan el vocablo construcción del conocimiento. Al hablar de la reciente Historia Argentina, los investigadores no pueden no utilizar el vocablo dictadura. Tampoco están en contra de las sanciones en sí: penalizan a los médicos que se nieguen a ejecutar abortos, a los padres que protejan a sus hijos de la ESI, a los docentes que nieguen espacio a la anticoncepción o a la ideología de género en el aula, etc. Sus declaraciones de ayer, bien observadas, desmienten sus palabras de hoy.

Esto es lo primero que hay que decir. Asistimos a una polémica hipócrita, al menos de un lado, ya que quienes se alarman porque “se va a imponer un modo de hablar” no tienen problemas en obligar a los demás a hablar de otro modo. También resulta cínico que nos quieran hacer creer que “el lenguaje inclusivo” está logrando naturalmente un consenso, en especial entre los jóvenes, cuando es lo más forzado y artificial que pueda haber. Se pretende volver moda obligatoria. Lo fuerzan en los trabajos prácticos de algunos profesorados. Lo deslizan a través de sentencias judiciales, programas de televisión. Lo dicen los políticos, hasta el Presidente.

Es claro que estamos ante una escaramuza de la guerra cultural. Por eso no debe ser tomada en solfa. Al instalar el sonido “lenguaje inclusivo”, nos están forzando a discutir lo obvio.

En efecto, con el mismo desparpajo con que los agentes del despotismo de género dicen “La biología no nos va a determinar”, Axel Kicillof dijo “Desde España no nos van a decir cómo tenemos que hablar” (tratándose de él, se nota). Paradójicamente, mientras dice esto, acepta las imposiciones de escritoras feministas lesboaborteras.

El mexicano Miguel Ángel González[1] –magister en Filosofía– explica de forma brillante que el llamado lenguaje inclusivo ni es lenguaje ni es inclusivo. Es una provocación, es una declaración de guerra al buen hablar como parte de un discurso político e ideológico. Se trata de presentar el orden gramatical, la coordinación de tiempos y modos verbales, el correcto articulado y el uso racional de los sustantivos como “fascismo”. Se trata de una estrategia inspirada en Cortázar, quien pedía crear numerosos Vietnam en la ciudadela del pensamiento; es decir, una suerte de guerrilleros lingüísticos que –al escribir y pronunciar sonidos desagradables para “los burgueses”– realicen una revolución política desde el lenguaje:

“Seguimos hablando de hoy y mañana con la lengua de ayer. Hay que crear la lengua de la revolución, hay que batallar contra las formas lingüísticas y estéticas que impiden a las nuevas generaciones captar en toda su fuerza y belleza esta tentativa global para crear una América Latina enteramente nueva, desde las raíces hasta la última hoja. En alguna parte he dicho que todavía nos faltan los Che Guevara de la literatura. Sí; hay que crear cuatro, cinco, diez Vietnam en la ciudad de la inteligencia. Hay que ser desmesuradamente revolucionarios en la creación, y quizá pagar el precio de esa desmesura. Sé que vale la pena”[2].

Se trata no sólo de hablar y escribir para fomentar una revolución sino de hablar y escribir revolucionariamente. Cambiar el lenguaje para controlar a la gente.

En efecto, esta jerga “inclusiva” es algo vinculado al poder. Lo dicen ellos: “El lenguaje inclusivo es profundamente político”[3]. Es una pieza de ajedrez, y sabemos que todas las piezas tienen para el buen jugador una estrategia. Ciertamente no es una Torre o una Dama pero el lenguaje inclusivo no deja de ser un Peón: introduce rápidamente esquemas de pensamiento ideológicos, que desarman al oyente. Es artillería de bajo calibre para quienes procuran cambios culturales. Ellos conocen la sentencia de Wittgenstein: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mente” pero la aplican al revés ya que quieren borrar las diferencias sexuales, pretenden suprimir los sexos, en un auténtico atentado contra el orden creado. Lo dijo claramente el Presidente Alberto Fernández, al defender el uso del lenguaje inclusivo:

“¿Al estado le importa el sexo de la gente? (…) Lo que al estado le interesa es registrarlo (sic) a Alberto Fernández. Saber si Alberto Fernández cumple sus compromisos impositivos. Eso es lo que le importa. ¿Por qué le importa el sexo? (…) Esto (el “lenguaje inclusivo”), que algunos ven críticamente, es un paso que estamos dando que espero que termine el día en que en el DNI a nadie le pregunten si es hombre, mujer o lo que sea. (aplausos) ¡Es eso! ¡Es eso! Es eso lo que tenemos que conseguir, es eso lo que tenemos que lograr. ¡Es eso! ¿Qué le importa al estado? No es lo que necesita saber de sus ciudadanos. Necesita saber que si son chicos, estudian (…), que tengan un CUIL, que tengan un CUIT, que paguen sus impuestos. (…) Vamos poquito a poquito, haciendo posible lo que parecía imposible. El ideal va a ser cuando todos y todas seamos todes, y a nadie le importe el sexo de la gente”[4].

Nos preguntamos: ¿de dónde sale esta idea? Posiblemente de la feminista francesa Monique Wittig que planteaba que las sociedades deberían eliminar la categoría ‘hombre’ y ‘mujer’. En el retorcido y macabro planteo de Wittig, “nuestra supervivencia exige que nos dediquemos con todas nuestras fuerzas a destruir esa clase –las mujeres– con la cual los hombres se apropian de las mujeres. Y esto sólo puede lograrse por medio de la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres, un sistema que produce el cuerpo de doctrinas de la diferencia entre los sexos para justificar esa opresión”[5].

Para esta Wittig, las categorías hombre-mujer son políticas y económicas pero no naturales: “no sólo no existe el grupo natural ‘mujeres’ (nosotras las lesbianas somos la prueba de ello), sino que, como individuos, también cuestionamos ‘la-mujer’, algo que, para nosotras –como para Simone de Beauvoir– es sólo un mito” dado que “lo que creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construcción sofisticada y mítica”.

Más aún, Wittig propone una conciencia lesbiana: “Tener una conciencia lesbiana supone no olvidar nunca hasta qué punto ser ‘la-mujer’ era para nosotras algo ‘contra natura’…”. Por eso, “Nos levantamos para luchar por una sociedad sin sexos; ahora nos encontramos presas en la trampa familiar de que ‘ser mujer es maravilloso’” (…) Utilizar eso de que ‘es maravilloso ser mujer’, supone asumir, para definir a las mujeres, los mejores rasgos (¿mejores respecto a quién?) que la opresión nos ha asignado, y supone no cuestionar radicalmente las categorías ‘hombre’ y ‘mujer’, que son categorías políticas (y no datos naturales)”. Wittig lo dice con toda claridad: “Nuestra lucha intenta hacer desaparecer a los hombres como clase, no con un genocidio, sino con una lucha política. Cuando la clase de los ‘hombres’ haya desaparecido, las mujeres como clase desaparecerán también…”.

La feminista francesa reproduce una cita de T. G. Atkinson, según la cual “Si el feminismo quiere ser lógico, debe trabajar para obtener una sociedad sin sexos”. Y remata finalmente: “el surgimiento de sujetos individuales exige destruir primero las categorías de sexo, eliminando su uso, y rechazando todas las ciencias que aún las utilizan como sus fundamentos (prácticamente todas las ciencias humanas)”. Con el uso del llamado lenguaje inclusivo se niega lo real para dar lugar a lo que no existe: supuestas identidades de género.

Lo que se busca con el “lenguaje inclusivo” es justamente –en el parpadeo que tarda escuchar un sonido o leer una palabra– impulsar la ideología de género con toda su lista interminable de seudo identidades sexuales, binarias, etc. Sin embargo, puesto que no existen “personas no-binarias” no hay nada que visualizar. El “lenguaje inclusivo” no tiene objeto, no remite a nada real.

Lavrenti Beria –formador de comunistas desenmascarado por Kenneth Goff en los años 50’– decía claramente que los agentes del socialismo en Occidente tenían un Objetivo Número Uno: “Producir el caos máximo en la cultura enemiga es nuestro primer paso más importante”[6]. Al corromper las entrañas del idioma, se rompe la comunicación con los demás y se levanta una barrera que dificulta el acceso al patrimonio histórico y cultural. Si las sociedades ignoran su pasado, también desconocen quiénes son. Al atentar contra el lenguaje, por tanto, se quebranta la identidad de la población. Estamos ante una herramienta más dentro de la Revolución Mundial Anticristiana: así como en la novela “1984” de Orwell, se desea imponer un nuevo vocabulario para dominar la mente.

No es una broma. Sus difusores lo presentan como algo necesario “para construir sociedades más justas”. Por supuesto que también es una frivolidad e incluso es una forma de trepar en una sociedad donde se puede escalar rápidamente si uno se muestra pro-gay, se rasga las vestiduras por los derechos humanos, emite proclamas a favor de los mapuches, entre otras maneras de ganarse el pan. En efecto, el progresismo juega con la cancha inclinada, los oportunistas lo saben y se aprovechan. Pero tiene raíces más profundas.

En esta época en que nos intentan convencer, generalmente a palos, de que la maternidad es “una construcción cultural”, de que ser esposo, amar a una mujer, andar bien vestido y no como un desarrapado, procurar formar una familia, amar la patria y adorar a Dios son “construcciones culturales”, dejemos estampado que lo que realmente es una construcción cultural es esta superchería de género.

En efecto, como dice González, citado más arriba, el llamado lenguaje inclusivo “no es otra cosa que la alteración gráfica y fonética de la terminación de algunas palabras de nuestro idioma español”. Y sentencia: “A lo mucho se trata de unas 20 pseudopalabras: no pueden hacer en conjunto un sistema capaz de servir para una comunicación humana adecuada y efectiva”.

A fin de volver al sentido común y salir del pantano de las ideologías, reiteremos algo elemental pero olvidado: sólo las personas pueden “incluir”. Los lenguajes no incluyen. Ser inclusivo corresponde a las personas que usan lenguajes y no a los lenguajes mismos. Por otro lado, también cabe preguntarse si todo acto de inclusión es per se bueno. Suena bien –porque es demagógico– cubrirse con el agua bendita de la inclusión, pero no deja de ser una palabra talismán que no tiene ningún significado hasta que se defina concretamente qué es lo que se quiere incluir.

Por eso, sostener que al pronunciar “hombre” se oculta, se invisibiliza o se descalifica la realidad “mujer” resulta totalmente absurdo. El desprecio a la mujer tiene mucho más que ver con prácticas habituales, y hasta rentables hoy día, como la mercantilización de su cuerpo, el alquiler de vientres, el genocidio del aborto, el desprecio a su femineidad, el hacerla trabajar para que no pasen tiempo con sus hijos, la sociedad de consumo que utiliza su imagen para vender un producto, etc. Si antes la mujer tenía un valor, hoy tiene un precio. Pero de esto no habla casi nadie.

Cabe decir, además, que los agentes del género se escandalizan por las supuestas invisibilizaciones de la mujer mientras hacen desaparecer (y no sólo en el discurso) a la persona por nacer. Por eso IPPF ha recomendado[7] no utilizar la palabra “bebé”, “niño”. Tampoco “padre, madre, hijo”. Se prefiere feto, embrión, pre embrión, producto de la concepción, bolsa de células.

Los agentes de la ideología también invisibilizan a los defensores de la vida por nacer, a los críticos de la “moral progre”, a las personas que se ofrecen a adoptar para evitar abortos, a los católicos que realizan obras de caridad con los pobres, a los jueces y abogados provida, a los sacerdotes decentes, a los obispos combativos, a los cardenales recios.

Por este tipo de paradojas, es que González rebate: ¿cómo se puede decir que el lenguaje “normal” invisibiliza a la mujer si justamente el lenguaje normal se usa para visibilizar la supuesta invisibilización de la mujer? El lenguaje inclusivo no nos ha dado la palabra “mujer” ni el neologismo “invisibilizar”.

En el colmo de la demencia, si decir “sean todos bienvenidos” invisibiliza a la mujer, entonces (disparate por disparate) cuando se dice “todos, todas y todes sean bienvenidos”, una persona podría decir que se siente invisibilizada porque no se ha pronunciado su nombre personal. Introducir una “x” donde debería ir una vocal es tan arbitrario como introducir un “?” –o cualquier otro signo– donde debería ir una consonante. Si es posible “nosotrxs”, también sería posible “no?o%)os”. Más aún, dice González: si una consonante puede sustituir una vocal, ¿por qué una vocal no podrá sustituir una consonante? Si puede escribirse “nosotrxs”, también sería válido “onosrtsx” o “pkrtyhsl”.

Por eso, concluye el mexicano, el llamado lenguaje inclusivo “no es realmente una propuesta digna de tenerse en cuenta: para que un discurso sea serio ha de tener que definir los propios términos como un prerrequisito metodológico mínimo, mientras que estos ideólogos no dan definiciones claras y precisas de sus propios términos”. Y no las tienen porque justamente estos sonidos (nos resistimos a darles la entidad de palabras) carecen de propósito semántico. Son provocaciones. No se busca decir algo. Se busca una reacción en el oyente. De hecho, “todes” o “todxs” no significan nada: en efecto, si significaran algo distinto de “todos” no servirían para remplazar la palabra “todos”. Si su significado no es el mismo que el de “todos”, no pueden sustituir a “todos”.

El lenguaje inclusivo no es otra cosa –como bien dice González– que “la violación deliberada y a propósito de una norma”. Sencillamente, es como querer comer tallarines con las manos “para no cumplir con la norma urbana de comerlo con cubiertos”. Luego viene la justificación para cometer la falta.

No pensemos que se trata de algo cómico. Es subversivo, como los hábitos del Che Guevara que permanecía sin bañarse durante semanas –fue apodado como el chancho– para no mantener la higiene propia de “los burgueses y capitalistas”.

Del mismo modo que destruir una pintura no es hacer arte, desfigurar una palabra no es crear un nuevo lenguaje. No existe el lenguaje inclusivo, existe un grupo de palabras distorsionadas y mal empleadas. Porque el inglés –para definir sus palabras– usa del inglés; el español –para definir sus palabras– usa del español. Pero el supuesto lenguaje inclusivo recurre al idioma español para expresar sus seudodefiniciones contra el idioma español. Al igual que los intelectuales que, para atacar la filosofía, tienen que filosofar. Ahora bien, si todo esto es tan falso, absurdo, incongruente, ridículo y hasta patético, ¿de dónde viene su fuerza?

Creemos que su energía le viene del poder discursivo que posee cualquiera que se autodenomine “defensor de las minorías sexuales”. Atropella porque hay muchos que no tienen la valentía, el ánimo o el interés en discutirlo y poner un freno. Avanza también porque esta jerga actúa como contenidos de forma subliminal, enmascarados, de contrabando. Según González, “los ideólogos del género distorsionan el lenguaje normal y modifican los significados de sus términos para sostener discursivamente lo que repugna al buen sentido común”.

Son palabras que no existen que pretenden remitir a cosas que en realidad tampoco existen. Por eso, no es que la sociedad, como dicen algunos, “va hacia el lenguaje inclusivo”. A la sociedad la llevan con la presión de los medios de comunicación: se viene desatando una auténtica guerra psicológica. Han logrado imponer el tema en la agenda pública. No es siquiera debatible: no es que deberíamos estar en contra. Es algo de lo que no se debería siquiera hablar. Y evidentemente, al hacerlo se tapan muchos otros asuntos.

Está demostrado que esta jerga constituye un verdadero obstáculo para el aprendizaje, es una traba para la lectoescritura. Los últimos resultados de lectura comprensiva para alumnos de la Ciudad de Buenos Aires fueron desastrosos[8]. Por otro lado, en Francia está prohibido el uso del lenguaje inclusivo[9].

Entendamos que esta forma de hablar y escribir no garantiza ningún derecho, no es ninguna defensa de las minorías sino pura gimnasia ideológica revolucionaria.

Quizás lo más dramático de todo esto es el insulto a la inteligencia que supone problematizar lo obvio. A decir verdad, no necesitamos un largo análisis para darnos cuenta de que “el lenguaje inclusivo” no merece otro calificativo que el de escoria ideológica.

Finalmente, estas estrategias se pueden detener si se tiene conciencia de las mismas. La primera condición para librar una guerra es saber que se está produciendo. Por eso, en nosotros está poner un freno. ¿De qué modo? Ante todo, conociendo y estudiando en profundidad la riqueza de nuestro idioma castellano. Refinemos el lenguaje utilizando vocablos que correspondan a un registro más alto: textos litúrgicos, manuales escolares, discursos, etc. Evitar no sólo el lenguaje soez sino también la pauperización de las palabras. No consentir en nuestra presencia el “lenguaje inclusivo”. Difundir las denuncias porque la información que no se reproduce, no genera impacto.

Hay que fomentar los buenos libros, los buenos docentes, comunicadores, novelistas, artistas y los periodistas que hablen correctamente. Recomendar las obras inmortales del pensamiento, como Apología de Sócrates, Ética a Nicómaco, Confesiones, La Divina Comedia, Don Quijote, Pensamientos. Los poetas como Lugones, Marechal, Bernárdez, Pemán; escritores como Shakespeare, Donoso Cortés, Hello, Thibon, Chesterton, el Padre Castellani, Anzoátegui; cuentos policiales de Agatha Christie, personajes literarios como Don Camilo, el Padre Brown; músicos como Figueroa Reyes, Chabuca Granda, conjuntos folklóricos como Los Paz, Los puesteros, Los del Portezuelo.

Es fundamental prepararse para resistir la tiranía del lenguaje inclusivo, organizar esta resistencia, plantear un contraataque cultural, difundir jornadas, cursos y eventos culturales. Fomentar los buenos colegios, escuelas, universidades e instituciones pedagógicas. Ya hay miles de personas haciendo esto. Ahora hay que sumarse a estas iniciativas, por el bien del país y de nuestros hijos.

[1] Cfr. ¿Lenguaje Inclusivo o Jerga Ideológica? – Ensayo de Miguel Ángel González, Magister en Filosofía (México). Ver link aquí: Lenguaje Inclusivo o jerga ideológica

[2] Cfr. Viaje alrededor de una mesa, pág. 3

[3] Cfr. CHAU AL "TODES": El gobierno porteño prohibió el lenguaje inclusivo en las escuelas (minuto 2:50 a 3:27)

[4] Cfr. ALBERTO FERNÁNDEZ Y EL LENGUAJE INCLUSIVO.

[5] Todas las citas que siguen de Monique Wittig son extraídas de su trabajo No se nace mujer, que puede leerse en línea aquí: wordpress.com/2011/10/no_se_nace_mujer.pdf

[6] Kenneth Goff. Psicopolítica. Técnica del lavado de cerebro, Editorial Nuevo Orden, Buenos Aires, 1966, pág. 29.

[7] Cfr. ABORTO: UNA REVOLUCION CULTURAL ANTICRISTIANA DE MANUAL

[8] Cfr. Educación: los primeros resultados que muestran cuál fue el mayor daño de la pandemia en los chicos; La ciudad de Buenos Aires prohíbe el lenguaje inclusivo en las escuelas; La Ciudad de Buenos Aires prohibió el lenguaje inclusivo en las escuelas

[9] Cfr. Francia prohíbe oficialmente el lenguaje inclusivo en la educación nacional. - Diario Constitucional

Fuente: Sobre la prohibición del llamado Lenguaje Inclusivo en la Ciudad de Buenos Aires – Escaramuzas de la Guerra Semántica

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